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Las Doce Moradas del Viento - Ursula K. Le Guin


Ignacio Illarregui Gárate (Nacho)
18 de noviembre de 2005, a las 19:46

Leí las obras fundamentales de Ursula K. Le Guin, salvo La mano izquierda de la oscuridad (Minotauro, en un pequeño borrón de su historia, nos dejó a comienzos de los noventa durante un dilatado lapso sin una reedición), en los dos primeros años de la pasada década. Los desposeídos, El nombre del mundo es bosque, Las doce moradas del viento, las cuatro novelas de Terramar aparecidas hasta entonces, La rueda del cielo,... me presentaron una maestra de la empatía; una humanista recalcitrante empeñada en sacudir los cimientos de la ciencia ficción y la fantasía con unas cargas de profundidad sensibles, delicadas, pausadas, y unos instrumentos de análisis social que, lejos de recurrir a la demolición más salvaje característica de los escritores paradigmáticos de la new wave, reivindicaron la senda de la sutilidad. Su camino.

Más tarde he leído otros libros suyos, de sus titubeantes comienzos (El mundo de Rocannon y Planeta de exilio), o sus "olvidados" últimos años (Un pescador del mar interior, Cuatro caminos hacia el perdón, Las llaves del aire). Pero a diferencia de otros autores a los que he seguido con el mismo interés y de los que tengo una noción más o menos clara de cómo se ha desenvuelto su carrera (Priest, Silverberg, Martin, Crowley, Vance,...), con Le Guin no me ocurre lo mismo. Y no acierto a descubrir por qué.

Quizás la razón está en que tengo un gran agujero en lo que se refiere a su obra de finales de los años 70 y comienzos de los 80; no he leído ninguna de sus narraciones de Orsinia, ni su vuelta de tuerca explícita al rito de paso de El lugar del comienzo, ni su delirio antropológico de El eterno regreso a casa,... O puede que la variedad que ofrece la obra de Le Guin sea mucho mayor que la de los autores citados, lo que dificulta la obtención del necesario mínimo común múltiplo. O es posible que la complejidad de la autora necesite de una constancia que no he podido prestarle. O, seguramente, haya que aportar una mayor capacidad de atención y análisis de la que dispongo.

Independientemente de los motivos, siempre me ha fascinado y he vuelto a ella una y otra vez a descubrir qué estaba haciendo. Y en los últimos tiempos, después de un par de desengaños, me ha mantenido como ferviente seguidor, fundamentalmente con tres obras: En el otro viento, su notable última pieza de Terramar; su memorable relato "Las niñas salvajes"; y su última colección de cuentos traducida por Minotauro, Planos paralelos, que ganó el premio Locus al mejor libro de este tipo en el año 2004 (quedando por delante de un valor seguro como el GRRM: A RRetrospective). Un volumen singular alejado de los cauces de la literatura fantástica actual, casi más propio del fantástico del siglo XVIII o XIX. Un libro que literariamente queda lejos de deslumbrar (no es su objetivo), que conceptualmente tampoco es una revolución, pero que resulta tan provechoso como necesario; atesora ese talento de Le Guin para reflejarnos a través de seres alejados de nosotros pero que, a la vez, se encuentran muy cerca.

Planos paralelos parte de una idea avispada. ¿Quién no ha pasado (o conoce a alguien que haya pasado) varias horas anclado en la terminal de un aeropuerto esperando una conexión con otro vuelo? Durante ese tiempo, cuando se está preso de la voluntad de los diablos que controlan los designios de los aviones, maletas, pasajeros,..., no hay más que hacer que leer el periódico, intentar ver la televisión en algún lugar, dejarse los cuartos en la cafetería,... O ponerse a pensar. En uno de estos tediosos interludios Sita Dulip descubrió el viaje interplanar: la capacidad de trasladarse a realidades ajenas en las que habitan otras civilizaciones, más o menos avanzadas, más o menos similares a la nuestra. De ahí el título original, Changing Planes, que juega tanto con el hecho de que se cambie de plano como que este viaje se hiciese, en origen, para escapar de los anodinos retrasos mientras se espera un cambio de avión. Un doble sentido que se ha perdido en el título español pero que se ha recuperado con su competente portada.

A través de los cuentos se inicia un periplo por una quincena de esos planos, abordados mayormente desde una unicidad narrativa. No hay personajes ni una historia propiamente dicha; sólo la descripción del modo de vida que se lleva en cada uno de ellos, empezando por la fisonomía y fisiología de los seres que lo pueblan, su lenguaje, su historia, sus costumbres, su uso de la tecnología, su estratificación social, su economía,... realizada por un compatriota nuestro que se pierde en sus fronteras. Una exposición libre de juicios de valor realizada con un lenguaje funcional, rematadamente precisa y absolutamente objetiva. Dentro de este planteamiento, desarrollado en apenas 12 o 15 páginas, codifica su "intención", una muestra enmascarada de muchos temas comunes a nuestra cotidaneidad, situándose en el terreno de la fábula moral, más o menos encriptada, sin una moraleja explícita.

En el repertorio hay piezas más conseguidas, como "El silencio de los asonu", una manifestación del complejo trabajo del antropólogo, especialmente cuando se enfrenta a una sociedad hermética reacia al contacto con el exterior, y denuncia de los malos usos en que se pueden caer durante el estudio; o "Las estaciones de los ansarac", romántico retrato de un pueblo de arraigadas costumbres que lleva dilatados ciclos migratorios en los que dejan atrás la mayor parte de lo que han creado y sometido al empuje externo de una comunidad más avanzada que amenaza su modo de vida; o "Cuentos tristes de Mahigul", personalísimo homenaje a su adorada Kalpa Imperial; o "El edificio", narración de la extraña colaboración entre dos especies distintas en la construcción de un gigantesco y absurdo complejo.

Pero, sin duda, lo mejor de Planos paralelos está en cuentos como "Los voladores de Gy", una efectiva y sugerente estampa de una sociedad que vive pegada al suelo y aliena a aquellos que echan sus alas a volar. Una hábil y oblicua metáfora sobre el destino de la mayoría de los soñadores en nuestro pragmático día a día. O el sobresaliente "La lengua de los Nna Mmoy", una certera y evocadora imagen de unos seres que gozan del lenguaje más rico imaginable, la versión en palabras del incomprensible Solaris Lemiano, que rechaza cualquier tipo de comprensión por parte de los estudiosos que se acercan a el y que presenta sus particulares mimoides, longus, asimetriadas,...

Por contra algunos relatos pecan de un afán moralizador desmesurado y un tanto apocado, caso de la infantiloide advertencia sobre la ingeniería genética de "Gachas en Islac" o de la experimentación a cualquier precio de "La isla despierta". En otra categoría entrarían los cansinos "La cólera de los veksi" o "La realeza de los Hegn", que apenas daban para un par de páginas (aunque su idea de partida sea cojonudamente absurda), y los timoratos "Como en casa de los hennebet" o "Gran felicidad".

Quizás, como conjunto, le falte un poco de fuerza e intensidad, pero exhibe unos matices enriquecedores que no se suelen hallar en lo que se está publicando en la actualidad. Incluyendo la engañosa sencillez que la autora imprime a su literatura y un leve distanciamiento que ayuda a no sentirse sermoneado.

Le Guin acaba de cumplir los 76 años y, aunque parece claro que no volverá a escribir una obra maestra sin paliativos, sigue con buena salud, sobrada de energía y talento. Habrá que seguir leyéndola porque continúa sumando. Algo que no todo el mundo de su generación puede decir.


Publicado con permiso del autor, originalmente en: El rincón de Nacho.






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